Tengo en el pecho una rosa abriéndose con el sol de la palabra,
pugna por el astro hermoso acariciando su esperanza.
Tengo una pena honda atravesada por la espada,
filo de acero noble rasgando mi suspiro de plata,
puño de peso doblegando la poesía de los pétalos finos de la fragancia.
Me oprime el yugo de mi boca tapada,
amordazada por un viento
de miedo y rabia.
No quiero ser, no quiero
pincel de noches agrias,
que quiero bailar pinturas de mañanitas abrazando mis ganas.
Permíteme que sea aurora deslizando su bostezo en el agua,
braceando un océano de voz cálida;
mis manos las amapolas
que lleven rojo a las mejillas pálidas,
mis ojos el halcón sobrevolando las montañas,
la luz del amor sembrando de verde las lomas descarnadas.
Es la tinta del poeta letra labrada,
aliento del que no tiene pan ni agua,
camino entre las sombras opacas
del interés y la duda
del que manipula la verdad sagrada.
Es la unión la fuerza que siembra y recoge labranza,
es el amor la valía para crecer en unión
y calma.
Es la poesía un amanecer de flores varias,
que no sean las espinas de la rosa las que sangren venas hermanas,
que la sangre corre para todos,
la voz, el pueblo... La esperanza.
¡Qué no calle el poeta!
¡Qué viva la poesía!
¡Qué viva su pluma dorada!
Que no muera, que no
que no quiero llorar el silencio
y la nada.
Claudia Ballester Grifo

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