Pesa la tarde con sus nubes rosas,
languideciendo el azul,
espera en la arruga del cansancio,
de la zozobra,
mirada de grito frezando la verborrea adolescente
de incontinencia fajada de faca austera.
Los grillos de mi mente riman sus azares,
muda de gesto,
compasiva en cada gota de aliento
agolpándose en mis pesares,
ciñendo la corona de espinas
el sudor de mis pensares.
Resiliencia materna,
río que encauza sus márgenes,
abogando verde simiente,
enraizada en terreno fertil,
creciendo espiga al sol,
regalando su sombra de ejemplo fehaciente.
La piedra rueda por el camino
díscola y sola,
sin arrimo ni cariño restallada de la cantera,
desdibujada de su matriz
recelosa de la noche que se extiende silenciosa,
redolando como molino
moviendo el agua en su noria.
La estrella quedó muda,
vestida de sombra su mirada,
impertérrita la piel del color de la banana,
silenciosa resiguiendo el río
hasta lamer la piedra olvidada.
Nada es la palabra ahogada,
solo un pensamiento en el suspiro
del ángel
acompañando siempre
el buen juicio y el recuerdo
de que un esqueje es vida y
testimonio del sol naciente.
Claudia Ballester Grifo

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