No soy psicòloga, no soy pedagoga. Soy una madre que trabajo un poco el sentido común. Madre de las de siempre, de instinto y sentimiento. La sobreprotección es una forma de de protección abusiva y agobiante. Una desprotección que debilita la autoestima del niño y su confianza para ser efectivo y resolutivo. Al niño se Le acompaña en su andanza. Se le facilita herramientas y alternativas para que maneje los conflictos según su edad y madurez mental. Hay que estar presente en su vida. Somos el modelo en el que se refleja y espera nuestras reacciones para entender lo que cabe esperar. Si cae y lo animamos a que se levante sin darle más importancia aprenderá que puede hacerlo y no pasa nada. Nuestra tranquilidad le da tranquilidad. Hay muchos tipos de madres y padres, desde luego y cada uno actuamos desde nuestra experiencia y sentir. Cada uno., desde nuestras circunstancias marcamos unas prioridades y hacemos de este mundo una noria que bajo su carpa de colores gira y gira arrastrando una masa heterogénea de risas y flores. Los padres aportamos lo mejor que tenemos a la sociedad, nuestros hijos. Los educamos, criamos y queremos como talismán que garantiza nuestro paso al futuro. Son lo más grande y debemos alejar de ellos nuestras frustraciones y vacíos. Ellos deben dedicarse a ser niños. Cargando su gran mochila de aprendizaje y jugando con la despreocupación que da el que sean otros los que se ocupen de que tengan lo necesario para desarrollarse.
Un gran abrazo a las madres bocadillo. Esas meriendas al salir de escuela que se comen los niños sin darse cuenta. Esos bocadillos que acunan sus noches cuando reventados no llegan a la cena. Esos bocadillos que aseguran que crezcan, en sus tres primeros años, un porcentaje más que importante de lo que van a ser en su etapa madura. Dejemos a los niños ser niños. Valores, emociones y tolerancia a la frustración lo aprenden con nuestro modelo y sus juegos.
Claudia Ballester Grifo.
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