miércoles, 24 de julio de 2019

Imposición de normas y límites. Algo bastante impopular. Una tendencia que parece atenazar a las mentes librepensantes y que ahoga la creatividad. Suda el cuerpo tinta amarga cuando se pone medida a lo que se habla. Se revuelve el alma cuando te miden los renglones del papel y encorsetan la forma de sentir y de expresar. Da igual la edad que tengas a nadie le gusta la imposición y menos cuando se trata de tu necesidad de expresión o de la libertad de los que amas. El océano es grande y los mares acotados, para los bañistas resultan placenteros y cuidados. Tenemos socorristas que nos protegen, por lo.menos en unas horas determinadas. Lo podemos agradecer porque son nuestros ángeles de la guarda. Así podríamos ver las normas como justificación necesaria. Hay mucho tiburón suelto, medusas y algas urticantes. Sin información y herramientas que nos ayuden podemos caer en la libre laxitud y descerebranza. Que hay de todo en la viña del Señor y necesitamos normas claras.
Límites imprescindibles y necesarios y hasta los niños los demandan. Es una forma de dar cariño, es una atención obligada. Es algo que se muestra en familia y luego se convierte y revierte en educación lograda. Contención y educación hasta para vender el alma. Es de buen nacido saber hablar bien y expresarse en maneras moderadas. La letra entra mejor sin golpear la integridad, sin que sangre la mirada.

Claudia Ballester Grifo

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