Estrés.
Esa mirada acerada,
impenetrable,
de pestañeo corto y lento.
Esos ojos amados
pertenecientes a un cuerpo
querido, idolatrado.
Ese rictus hierático,
de pobre movimiento
y menos gestos.
Ese cuerpo hermético,
rígido,
convulso de vida
como poseído
por un payaso a veces,
aprisionado y embalsamado
por alquitrán,
flexible como un junco cuando
le apetece o lo siente.
Qué se me escapó
mientras te quería?
Qué no supe ver mientras
sufrias?
Queriéndote te perdia y,
hablándote y escuchándote
no te entendía.
La bomba de mi cabeza estalla.
Los misiles de mis lágrimas
salen en tropel militarizado,
desbordando
las macilentas mejillas que
catapultan el agua salada de
ácida túnica.
Miro tu frágil figura.
Nunca el silencio tuvo tanta
importancia.
Nunca el silencio marcó
tanta distancia y tanta cordura.
Era el silencio el dueño
de la realidad que tú
vivías y no compartias.
Es al silencio al que me acojo
hasta que tu quieras romperlo,
vida mía.
Esperaré lo que haga falta,
a tu lado si quieres o en
la distancia, hasta ese
bendito día en que pueda
encontrar tus palabras.
Claudia Ballester Grifo
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