lunes, 3 de julio de 2023

MARGARITA Y WALTER

 En 1788, cuando llegó la primera flota de convictos traídos desde Gran Bretaña, se estima que menos de 8000 aborígenes habitaban las regiones aledañas a la ciudad actual. Arthur Phillip fundó una colonia penitenciaria en la cala de Sídney, una ensenada en la costa sur de Puerto Jackson (bahía de Sídney). En abril de 1789, un aparente brote de viruela acabó con la vida de la mayoría de los aborígenes. Además de la viruela, una serie de enfrentamientos violentos entre los colonos y la población original acabó con más aborígenes, quedando pocos cientos de ellos para 1820. El entonces gobernador de Australia, Lachlan Macquarie, decidió «civilizarlos, cristianizarlos y educarlos», y los separó de sus clanes. La era de Macquarie fue de gran desarrollo, y los convictos construyeron caminos, puentes y edificios públicos. La llegada de inmigrantes de las islas británicas entre 1830 y 1850 motivó la aparición de casas en las afueras, y la ciudad se expandió rápidamente.


AUTOR: CLAUDIA BALLESTER GRIFO 

PAÍS: ESPAÑA 

TÍTULO: MARGARITA Y WALTER 


Melbourne es una ciudad bulliciosa de altas torres mirando el río Yarra. Era la ciudad más fría de Australia pudiendo bajar a 6 grados y Margarita ya se sentía muy mayor para soportar esos fríos. Ella se había criado en Sidney en aquel tiempo de expansión donde se edificaron grandes casas territoriales y se vivía en perfecto contacto con la naturaleza. Hizo sus maletas, cogió el barco y se dirigió a su ciudad natal. Allí había dejado la casa de sus padres para casarse. 

Había enviudado hacía diez años y dos hijos habidos en el matrimonio vivían en Paris, ciudad de pintores y bellas artes porque uno era escritor y el otro pintor de óleos. 

Los recuerdos se iban agolpando en su cabeza. Las historias que le contaba su abuela. Ella era hija de una violación. Un convicto llegado de Inglaterra violó a su madre que entonces tenía 16 años. Las leyes tan extrañas de entonces la obligaron a casarse con el abusador. En el matrimonio la respetó y gracias a Dios pudo nacer su hijo en un hogar tranquilo ya que el padre aprendió a querer al hijo y a su mujer. 


El barco entró en el Puerto de Sidney. La tarde rielaba en el espejo argentado del agua y se apresuró a llamar a un taxi para que la llevara a casa, quería encontrarse con sus recuerdos. 

Cuando vio la explanada las lágrimas asaltaron sus ojos. La sombra del jacaranda en flor se levantaba abriendo sus brazos y sus ramas se acercaban a las ventanas superiores de la casa como llamando para entrar. 

Suspiró, cogió su maleta y entró en casa. 


No funcionaba la luz, pero sabía dónde encontrar velas e iluminó de manera aceptable la casa. Estaba todo como lo recordaba. Tres generaciones presidiendo la chimenea. Se sentía muy cansada. Llamó al servicio eléctrico para que se acercara un técnico por la mañana y se acostó en la que había sido su cama. 

Sábanas limpias oliendo a lavanda y se durmió abrazada a la almohada. 

A medianoche en su sueño profundo apareció una indígena con un bebé en brazos. Estaban enfermos de viruela y la miraba fijamente a los ojos. Le pedía asistencia porque su marido era médico y atendía a la gente pobre. 

Walter abrió la puerta de su despacho y la asistió. 


Claudia Ballester Grifo 

Embajador Portavoz 

Generación Parnaso del siglo XXI


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