viernes, 27 de junio de 2025

ANÉCDOTAS DE MI NIÑEZ

 AUTOR: CLAUDIA BALLESTER GRIFO 

PAÍS: ESPAÑA 

Fecha: 24-04-25

TÍTULO: ANÉCDOTAS DE MI NIÑEZ 


Recuerdo mi niñez muy libre. Pude disfrutar de la calle, los huertos de naranjos con algún almendro, los amigos y las carreras por llegar a casa en la salida del colegio. 

A mis ocho años la vida dio un vuelco  para mí, algo que marcaría mi carácter para siempre. Empecé a tener mucha sed y a orinar mucho. 

Tan exagerada era la cosa que mi madre me llevó al médico. Era tan increíble que por la noche me levantaba muchísimas veces medio dormida para ir al baño dificultando el descanso. 


¡Fatal diagnóstico! ¡Diabetes!

No teníamos ni idea de aquella enfermedad, nunca habíamos escuchado ese nombre, pero enseguida comprendí que no era nada bueno. Aquel diagnóstico certero cambiaría mi vida porque debía aprender a vivir con aquello. 

Empecé a pincharme insulina, entonces era de cerdo, la sintética fue un invento posterior, en mi adolescencia. Las jeringas eran de cristal con agujas de acero y se desinfectaban en alcohol hirviendo. 

Cambió la dieta y, para mi desgracia, nada de azúcar, ¡ay Señor!, me costó entender que el azúcar no solo son esos polvos blancos que se ven, también está en una piruleta. 


Esa niña despierta que a los tres años ya iba al colegio a pesar de que no entraban hasta los cuatro, que pedía ir al baño para mojarse en la fuente del patio y la que una vez salió con otras ropas porque la madre no me dejó ir al baño y me lo hice encima. 

Mi madre sorprendida me preguntó qué había pasado y yo con mi mohín más inocente le dije que yo pedí pis y la madre me dijo que no pis, pues así me fue. 


Esa niña que quería cuidar a su hermano que solo tenía 18 meses menos y dormía tranquilo en el carro. 

Lo mecía como veía hacerlo a mi madre y salió disparado, ¡menos mal que mi madre pudo recogerlo!. Ahí fue donde se decidió que mejor me iba a la escuela de las monjas porque por la edad no me cogían en otro sitio 

Yo solo quería ayudar y me ponía a fregar el pasillo sin escurrir la fregona. 

También era muy generosa todo lo compartía. Cuando llegaba mi padre con el sobre del mes, aprovechaba un descuido y tiraba los billetes por el balcón. La vecina de enfrente llamaba a mis padres para avisar. 

Si mi madre hacía manzanas al horno yo cogía el plato para darle a la vecina. Y, ¡mis muñecas!, también las compartía con las niñas de la calle con lo que acababan bien sobadas. 


Era una niña feliz y la diabetes no cambió esto, simplemente me amoldé a las circunstancias y me esforcé para que las rutinas no cambiaran en casa por mi nueva situación. Me encantaba ir a comprar los pasteles de los domingos y disfrutaba viéndolos comer a mis padres y hermano. 


A mis 13 años y medio llegó mi hermana y eso sí que merece otro capítulo. Fui una mamá precoz. 


No debo dejar de mencionar los veranos llenos de aventuras porque mis padres trabajaban en un hotel restaurante de la playa. ¡Uff, gloria bendita! Mar, playa, parque y senderos por descubrir. Recuerdo una anécdota que podía haber acabado en tragedia. Nos fuimos con una familia francesa que se hospedaba en el hotel para navegar en lancha. La embarcación volcó y mi hermano se asustó al notar tanta agua fría por debajo y no quiso esperar a que se solucionara el problema y se marchó a nado a la orilla que estaba muy lejos y yo detrás por no dejarlo solo. Nos salvamos los dos con tan solo siete y nueve años. 


Con mi hermano no dejaría de contar anécdotas. A mis diez años mis padres empezaron a trabajar en una fábrica de azulejos, en el comedor. 

Nosotros íbamos al colegio y cuando salíamos nos llevaban con ellos, ayudaba cualquier trabajador que salía o entraba de turno. Nos llamaron la atención porque jugábamos en las montañas de arena roja sin ver el peligro. El portero tenía dos perros grandes que eran nuestros amigos, todo era un mundo por descubrir para nosotros. 


Un día, en casa, mis padres hacían la siesta y a mi hermano se le ocurrió confeccionar una antorcha. El asunto se le fue de las manos y la tiró por la ventana de la galería, justo donde mi madre tenía tendida toda la ropa blanca, entre ella mi precioso camisón que me regalaron para mi comunión. Aquello prendió y se quemó todo haciendo un ruido como si granizara. Así despertaron mis padres y nos castigaron de rodillas con los brazos en cruz hasta que confesara el malhechor. Mi hermano, como siempre, no lo puso fácil. 


Y así fui creciendo y descubriendo. 

A mis ocho años ya tenía un amor… 


Claudia Ballester Grifo

Poeta generacional 

Embajador Portavoz 

Generación del 23  Parnaso siglo  XXI


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